SIEMPRE A TU LADO | RELATO CÈLIA CANYISSÀ

Sabía que era un día muy importante para ti. Llevabas ya unas cuantas semanas muy nervioso y te desconcentrabas fácilmente.

Oí que salías de la cama, te duchabas y seguías tus rutinas matinales.

Cuando me levanté ya te habías ido, así que te esperé impaciente hasta que llegaste.

Volviste muy triste y no me contaste lo que te había pasado, aunque no me extrañaba porque nunca me explicas tus problemas. Así que al día siguiente te seguí, sin que me vieras. Dos hombres muy grandes y de aspecto fuerte te estaban hablando, tú parecías muy asustado y les estabas pidiendo que te dejaran porque te tenías que marchar. Cuando te estaban a punto de pegar me vieron a mí y me tuve que ir corriendo hasta casa antes de que me vieras tú también.

Ya no supe nada más sobre ti hasta que llegaste a casa lleno de heridas y moratones por todo el cuerpo. Tampoco me explicaste nada, seguro que pensabas que no me daba cuenta.

Yo estaba lleno de rabia y ya no podía aguantar más, así que al día siguiente te volví a seguir. Tú te ibas escondiendo en cada lugar que encontrabas y yo aún lo tenía más difícil para que no me vieras.

De repente aparecieron otra vez los dos grandullones y yo me escondí en un lugar que parecía mejor que el del otro día. Se acercaron a ti, te estaban diciendo algo que no podía oír pero tampoco podía salir de mi escondite. Tú no parabas de negar con la cabeza mientras rogabas con las manos, no entendía nada. Parecía que te estaban amenazando para entrar en una tienda de comida, una frutería para ser más exactos. Hablaste con el dependiente, estabas lleno de sudor y yo no comprendía por qué. Parecía que el dependiente tampoco entendía tu nerviosismo pero no le dio más importancia.

Cuando ya te ibas, vi que cogías unos cuantos plátanos y los ponías en una bolsa que llevabas. ¿Estabas robando? No me lo podía creer. Cuando salías de la tienda chocaste y entonces, las manzanas cayeron por el suelo desordenadamente; bueno, no sólo las manzanas, sino también los plátanos que llevabas en la bolsa. El dependiente te había visto y tuviste que salir corriendo como un fugitivo de la policía que te perseguía, hasta que despistaste a los agentes metiéndote en un callejón. No te siguieron buscando ya que no era un gran delito intentar robar unos plátanos de una frutería.

Ahora comprendía tu tristeza pero no me podía entretener más, tú ya debías de estar llegando a casa y me tenías que encontrar allí.

Te estuve observando unos días más para tener más pistas aunque cada día era igual. De repente tuve una idea para ayudarte, era muy arriesgada pero podía funcionar. Cogí tu antigua cámara de vídeo, que llevaba tiempo sin usarse.

Te seguí mientras grababa, con mucha dificultad. Tú te escondías detrás de coches, arboles, contenedores y todo lo que encontrabas. Ya estabas llegando al restaurante cuando aparecieron los dos granujas. No oía mucho lo que decían pero entendí que te obligaban a entrar. Parecía que sabían que tú trabajabas allí, al restaurante al que aún no habías podido ir nunca por su culpa, porque desde el primer día te habían retenido obligándote a robar cosas sin importancia. Pero… ¿Cómo podía ser? ¿Cómo sabían que trabajabas allí si aún no habías asistido nunca? ¿Por qué te hacían esto a ti? Tenía muchas preguntas sin respuesta pero ahora no tenía tiempo de pensar.

Entraste en el restaurante, te presentaste al jefe y te disculpaste por tu retraso. Él te explicó que desde que había despedido a sus últimos trabajadores tenía mucha faena que hacer, así que se fue. Yo seguía grabando. ¿Qué estabas haciendo?, cada vez que llevabas un plato a una mesa fingías que se te caía y cuando acabó el día, el restaurante había quedado lleno de comida tirada por el suelo.

Por la noche fue horrible, tú estabas fatal. Destrozado. Yo no dormí, estuve pensando en las pistas que tenía: dos sinvergüenzas te obligaban a robar cosas camino del trabajo, te forzaban a entrar en el restaurante al que trabajabas y sabían que tú eras el nuevo trabajador del restaurante. Estaba empezando a hacerme una idea de lo que estaba pasando.

Los siguientes días seguías yendo al trabajo, trabajando mal expresamente. Pero no te despedían.

Ya lo tenía, ya me había dado cuenta. Ahora cuadraba todo, ahora todo tenía sentido.

Yo no podía ir a hablar con la policía, ¿quién creería a un perro como yo, aunque fuera un perro de raza? Te lo tenía que decir a ti, así que te di la cámara con las grabaciones que había hecho y tú lo comprendiste. Fuiste a la policía explicándoles lo que había pasado. Los dos maleantes eran a los que habían despedido y hacían lo posible para que nadie ocupara su lugar. No querían plátanos ni otras cosas, solo querían que la gente te viera cómo un ladrón y los volviesen a contratar. Pero el jefe seguía queriendo que tú trabajaras en el restaurante ya que eras el único que, a pesar de lo que te hacían, cada día intentabas llegar al trabajo. Eras el único que te levantabas temprano con la esperanza de llegar al restaurante.

Y gracias a la ayuda de las grabaciones que había hecho, encerraron a los dos golfos.

 

                                                                                        Cèlia Canyissà, la autora de “Siempre a tu lado”

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